Arte Basal. Manifiesto

Ana Mikadze

Antonio Palacios Rojo







Mientras Baumgarten propone asignar a los sentidos la tarea de ignorar lo ‘inferior’ en favor de una perfectibilidad racionalista, Herder sitúa la historia estética de la humanidad en la adquisición constructiva de una sustancia dinámica y multiforme (...). Dado que los seres humanos originalmente transmitían sus impresiones estéticas sin recurrir a relatos con trama, artificios estilísticos ni intentos retóricos de persuasión, el arte basal se distinguía por un elevado grado de espontaneidad”.
(A Companion to the Works of Johann Gottfried Herder, Hans Adler, Wulf Köpke)


Reivindicar lo somático


Durante mucho tiempo, el arte y la tecnología han privilegiado lo audiovisual, mientras que los demás sentidos del cuerpo—olfato, tacto y gusto—han sido descuidados y desestimados. Esta jerarquía, arraigada en el dualismo occidental, eleva la vista y el oído a la categoría de los sentidos de la mente, relegando a los demás al ámbito ‘inferior’ del cuerpo. Sin embargo, en una era de control sistémico, esta división no solo resulta obsoleta, sino también peligrosa.

Necesitamos un Arte Basal que resista la explotación y reutilización estragadora de imágenes y sonidos humanos con fines comerciales, bélicos, represivos o de vigilancia. El olfato, el tacto y el gusto nos conectan de manera directa con el mundo, ofreciendo experiencias inmediatas que no pueden ser mediadas por máquinas.


Dominio a través de la Automatización


La automatización de la militarización se sustenta en dos suposiciones peligrosas: primera, que el dominio geopolítico equivale a seguridad; segunda, que este dominio puede alcanzarse únicamente mediante la tecnología. ¿El resultado? Una carrera armamentista interminable y de alto riesgo, impulsada por un complejo industrial militar en constante expansión.

Este impulso hacia la automatización busca borrar lo humano, reduciendo la percepción a la tecnóptica y la tecnoacústica. Pero las computadoras no ven: detectan píxeles, buscando patrones estadísticos en las imágenes. Las computadoras no oyen: miden niveles de sonido, buscando correlaciones en los datos. Cuanto más automatizado es el sistema, más depende de algoritmos toscos programados para identificar y categorizar, entrenados con conjuntos de datos limitados que excluyen a los más vulnerables: personas con discapacidad, mujeres de piel diferente a la blanca, niños… En una crisis, una máquina podría “percibir” un edificio lleno de personas y no encontrar ninguna vida que merezca preservarse. La computadora nunca está realmente presente. No puede tocar, oler ni saborear el mundo sobre el que actúa, y aun así armamos este mecanismo insensato con el poder de destruir poblaciones enteras.

A pesar de su fría precisión, la guerra tecnológica es profundamente emocional para los humanos que la trabajan. Los operadores de drones, por ejemplo, a menudo evitan informarse sobre las realidades culturales o sociales de sus objetivos, manteniendo una distancia deliberada para protegerse del trauma de humanizar a aquellos a quienes se les ordena matar. Debido a ello, el punto lógico final es la completa eliminación del factor humano del proceso. Para matar o explotar a gran escala—ya sea en la guerra o en la vida civil—la automatización debe implementarse para evadir la resistencia moral de quienes llevan a cabo estas tareas inhumanas.

El arte, entonces, debe reclamar lo más humano: la experiencia directa e inmediata del cuerpo y la sensibilidad pura del encuentro estético. El Arte Basal resiste las narrativas que tanto el arte moderno como la tecnología militar—caso de las Narrative Networks de DARPA—utilizan para manipular el comportamiento. Las imágenes y los sonidos son ideales para contar historias, pero los olores, los sabores y el tacto desafían la narración fácil. Interrumpen los guiones construidos que justifican o denuncian la dominación.


El arte como cómplice involuntario


Algunos artistas siguen creando obras que se limitan a visualizar datos; obras remotas, distantes y carentes de contacto directo con las realidades que dicen abordar. Incluso en la protesta, mantienen una filosofía de distancia, evitando el compromiso verdadero con el sufrimiento que representan. Permanecen atrapados en los mismos sistemas alienantes que critican.

El problema se profundiza cuando las grandes corporaciones tecnológicas abandonan su reticencia a colaborar con la industria armamentista, integrando su software (su “inteligencia” artificial) en sistemas armados. Los artistas que dependen de estas tecnologías ahora comparten herramientas con máquinas diseñadas para acabar con vidas. Un activista descuidado podría alojar su obra en la misma nube privada asesina que utilizan algunos ejércitos para aniquilar poblaciones civiles. Nunca antes la línea entre guerra y arte había sido tan difusa—ni tan peligrosa.

Los artistas que adoptan sin crítica estas tecnologías corren el riesgo de volverse cómplices de su violencia. Al depender de las mismas herramientas que alimentan la automatización militarizada, refuerzan los sistemas que afirman desafiar. La cuestión ya no es si el arte puede ser político: es si los artistas elegirán alinearse con la máquina o con el cuerpo.


La nube está secando tu río


Existimos en el espacio físico—siempre. Sin embargo, la vasta infraestructura y el trabajo que sostienen nuestro mundo digital permanecen ocultos, velados por un lenguaje que da vida a lo mecánico, humanizando lo frío y calculado. La tecnología se nos vende en términos espirituales y etéreos, cubriendo su verdadera naturaleza con un misticismo conveniente para quienes la promueven. Lo que necesitamos es un arte que nos devuelva al ámbito físico, obligándonos a combatir la violencia y alienación que esta tecnología produce. Sin él, corremos el riesgo de volvernos cómplices—permitiendo que la “inteligencia” artificial se emplee como herramienta de guerra, control y dominación corporativa.


Alucinación virtual vs. degradación real


Lo virtual siempre ha sido una escapatoria, por lo que no sorprende que nos refugiemos aún más en sus parajes alegóricos. Con el tiempo, construimos espacios mentales cada vez más elaborados, moldeados por el anhelo y los deseos fragmentados, todos ellos alimentados por un sistema que sabe cómo hacernos alucinar. Solo quienes controlan los datos—quienes poseen las llaves de esta información privilegiada—comprenden verdaderamente los instintos primarios y las pasiones ocultas que impulsan este mundo de humanos que se quedan clavados.

Ahora colisionan dos realidades: el plano alucinatorio y mental de lo virtual contra el mundo físico degradado que deja atrás. Las infraestructuras que sostienen lo digital exigen enormes cantidades de energía, metales y agua—recursos arrancados de la tierra, a menudo a costa de comunidades vulnerables. Los desechos de la minería envenenan la tierra, los acuíferos se desvían de la gente hacia los servidores, y la sed de la máquina se sacia antes que la del ser humano. El sistema tiene hambre de datos y recursos, no solo explota: desplaza, borra. Primero, la máquina, que el ser humano se pudra.


De lo muerto a lo vivo: un despertar somático


El arte puede, y debe, expandirse más allá de lo visual y auditivo, abrazando el tacto, el gusto y el olfato para crear experiencias sensoriales inmersivas. En una era con hambre de verdadera intimidad, donde incluso el acto de tocar se ha vuelto escaso, nuestro bienestar sufre. Los artistas poseen el poder de restaurar lo que se ha perdido.

Este nuevo Arte Basal surge en desafío a la mentalidad estéril y estragadora que los gigantes tecnológicos imponen a través del dominio audiovisual. Rechaza el consumo pasivo de datos, la vigilancia interminable y los circuitos virtuales que reducen la experiencia humana a métricas. Los artistas deben liberarse de este ciclo, forjando conexiones que existan más allá del alcance de los algoritmos.

Si la tecnología nos aleja de nuestros cuerpos y del mundo físico, el arte debe hacer lo contrario. Debe reavivar los sentidos, creando experiencias que no puedan reducirse a datos ni ser explotadas por algoritmos. El Arte Basal no es solo una elección estética: es un acto de resistencia, una negativa a permitir que la experiencia humana sea mediada por máquinas.


Arte Basal, ¿por dónde empezar?

El Arte Basal ha sido inspirado por un sitio concreto: el sur de Armenia. Como las obras basales se anclan en la realidad de lo que se siente por todos los sentidos, de igual forma este nuevo quehacer necesita de un lugar de nacimiento para llamar a la acción artística.

Llamamos a la intervención artística en lugares semejantes reclamando un nuevo arte. Con el tiempo, la zona circundante ha sido atrapada en una guerra tecnológica cruel y carente de sentido. Por tanto, nuestra intuición se ha mostrado como verdadera. Llenemos de Arte Basal las partes de la tierra que pronto se verán destruidas como consecuencia de una mala forma de pensar, sentir y crear.

Mariposas ilegales a través de las fronteras


Las mariposas no respetan fronteras; siguen sus propios caminos. El Polyommatus Damonides azul es conocido mundialmente por dos poblaciones: una ubicada en Nakhichevan, un enclave occidental de Azerbaiyán, y otra en la zona de Meghri, Armenia. Se pensaba que la población armenia estaba extinta debido a la destrucción de su hábitat por la minería a cielo abierto, pero recientemente se han redescubierto restos de esta especie, lo que requiere una protección estricta.

Muchas mariposas utilizan toxinas derivadas de plantas para defenderse, volviéndose tóxicas o poco apetitosas, en una lucha semejante a la guerra química. Las manchas en sus alas señalan este peligro a posibles enemigos. Para sobrevivir, crean una belleza accidental para nuestros ojos. Otras imitan estos patrones de colores raros para aparentar ser letales o desagradables.

Otra táctica de combate tradicional utilizada por estos insectos es el camuflaje. Algunas presentan colores similares a hojas, ramas u otros elementos del paisaje. Al descansar, una mariposa suele posicionar sus alas de manera que proyecten la mínima sombra. Algunas incluso distraen a los depredadores con señuelos, simulando una cabeza falsa en la cola para engañar a los atacantes. Las que carecen de estas defensas a menudo ejecutan un vuelo impredecible, dificultando su captura.

La recolección de insectos, al igual que las guerras donde se emplea la IA, implica crear listas de objetivos, reunir toda la información posible sobre su entorno y comportamiento, para luego clavarlos. Pueden capturarse pasivamente con trampas, algunas cebadas con alimentos dulces, o activamente con redes. Se usa luz ultravioleta para los insectos nocturnos. Los aspiradores capturan los más pequeños. Las redes aéreas atrapan artrópodos voladores, mientras que las redes de barrido son necesarias para los que viven entre la vegetación. Una vez recolectados, se sacrifican para su preservación mediante frascos envenenados o soluciones de etanol y agua, según su tipo.

La dinámica de la caza humana mediante nuevas invenciones a menudo comienza deshumanizando sus objetivos. Algunos operadores de drones solían llamar a sus asesinatos “bug splats” (insectos aplastados) porque eso es lo que parecen en sus pantallas. En una práctica ampliamente utilizada en el pasado, el enemigo es tratado como no humano. Cada uno de los “eliminados” tiene un perfil con sus datos, que primero lo coloca en una lista a ejecutar y luego se les hace desaparecer. Parece como si estuvieran coleccionando insectos. Cuando las personas entran en ciertas áreas en conflicto, pueden convertirse fácilmente en objetivos de estados equipados con avanzadas herramientas de vigilancia.


La guerra silenciosa sobre las rutas comerciales


Una realidad que recibe poca atención en las noticias son las llamadas rutas comerciales. Históricamente, estas han estado vinculadas a conflictos armados: guerras, escaramuzas, acciones punitivas, terrorismo, etc. Esto es evidente en el caso del corredor de Zangezur. En regiones como esta, codiciadas por varios poderes vecinos, los países pequeños tienden a aparecer y desaparecer; enclaves con nombres extraños que casi nadie recuerda una vez que dejan de existir (República de la Armenia Montañosa). Podríamos decir que, como una marca en la piel que advierte de una enfermedad, las fronteras cambiantes y los estados controlados por grandes imperios son síntomas de importantes intereses comerciales en esa parte del mundo.

Por ello, es crucial identificar cuanto antes estas zonas que se convertirán en campos operativos de la brutalidad técnica. Otra señal es cuando, tras incursiones militares repentinas o una guerra a gran escala, se guarda silencio en torno a ellas. En el Cáucaso Sur, ya han ocurrido muchos episodios violentos y apenas merecieron espacio en el flujo masivo de información. Incluso ciertos casos de limpieza étnica y destrucción del patrimonio cultural, que en otros contextos habrían encendido alarmas, pasaron casi desapercibidos.

Otro síntoma claro de codicia capitalista se ha revelado con el acuerdo entre Armenia y Azerbaiyán para crear una franja llamada Trump Route for International Peace and Prosperity -- otra vez un enclave de nombre extraño como síntoma del imperialismo, esta vez el estadounidense. Desde mediados de 2025 venimos recogiendo información sobre el disputado corredor de Zangezur. Día a día, titular tras titular, las presiones de las principales potencias para controlar una gran vía comercial que conecte el este con el oeste se hacían cada vez más evidentes. Al fin, todo culminó con la guerra que enfrentan a Israel y Estados Unidos contra Irán, dos bandos que se disputan el sur del Cáucaso.

Ante hechos como, por ejemplo, un genocidio alimentado por las grandes corporaciones tecnológicas estadounidenses, o una guerra marcada por el abuso de una “Inteligencia” Artificial, propuestas como el Arte Basal parecen no tener poder alguno sobre el destino de la humanidad. Pero la obligación de los artistas consiste en buscar nuevas formas de crear que se rebelen y que revelen los imperativos de cada época. Conectar a las personas con sus todos sus sentidos se torna casi obligatorio para sacarlas del estado de postración, ansiedad y desesperanza.



(Junio-2025- Abril 2026)